Callejeros en Murcia

Feb 15, 2009 | Artículos

Mimi, mi gato callejero, fotografiado para un taller de fotografía

El arte del retrato y un encuentro inesperado: La historia de Mimi

En febrero de 2009, me encontraba inmerso en un proceso de aprendizaje creativo en el Centro Puertas de Castilla, en Murcia. Participaba en un taller de fotografía impartido por Juan Manuel Abellán, una experiencia que me obligaba a mirar el mundo de otra manera. Uno de los ejercicios fundamentales del curso era el retrato, y para cumplir con la tarea, decidí elegir a un protagonista muy especial: Mimi, el mayor de mis gatos.

El desafío de capturar la esencia felina

Hacer fotos de animales de compañía es, aunque parezca mentira, una de las tareas más complicadas para cualquier fotógrafo. A diferencia de un modelo humano, un gato no sigue instrucciones; se mueven constantemente y, sobre todo, tienen una habilidad natural para evitar mirar directamente a la cámara en el momento exacto del disparo. Lograr que Mimi se quedara quieto y captar su mirada fue un ejercicio de paciencia y técnica, pero el resultado valió la pena por la historia que había detrás de esos ojos.

Mimi con un ratón

Un forastero en El Sabinar

Mimi no siempre fue un «gato de ciudad». Su historia con nosotros empezó un día de mayo en El Sabinar. La puerta de nuestra casa estaba abierta y, sin pedir permiso, entró un pequeño ser de aspecto sucio y descuidado. Al día siguiente, con la decisión tomada de que ya formaba parte de la familia, lo llevamos al veterinario en Caravaca de la Cruz.
Allí nos confirmaron que apenas tenía tres meses. Tras recibir sus primeras vacunas y los tratamientos necesarios, Mimi regresó con nosotros a El Sabinar. Sin embargo, su integración no fue fácil: el primer baño, necesario para quitarle meses de abandono, fue una batalla que no le gustó nada.

Mimi en el pasillo

De la montaña a la ciudad: El fin del «gato viajero»

Durante mucho tiempo, la vida de Mimi estuvo marcada por la carretera. Sus primeros viajes en coche hacia Murcia no fueron precisamente un éxito; el estrés del trayecto era evidente. Sin embargo, no teníamos más remedio que llevarlo con nosotros cada fin de semana en el trayecto de ida y vuelta a El Sabinar.
Con el paso de las semanas, los baños y los cuidados constantes, Mimi empezó finalmente a cuidarse solo, recuperando el lustre de un gato sano y querido. Tras dos años de constantes viajes, tomamos una decisión por su bienestar: Mimi dejaría de ser un viajero frecuente. Se quedaría tranquilo en casa en Murcia, disfrutando de su territorio, hasta que llegara el momento de adoptar a un nuevo compañero para que no estuviera solo.
Aquel ejercicio para el taller de Juan Manuel Abellán no fue solo una práctica de iluminación o composición; fue la forma de inmortalizar al primer gran compañero de mi hogar.

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