La metamorfosis de El Sabinar
Descubre el embrujo invernal de las tierras altas de Moratalla. En este relato te llevamos al noroeste de Murcia, transformado por completo tras una nevada histórica. Un recorrido visual y narrativo por los senderos blancos de El Sabinar, justo después del paso de la borrasca Ingrid.
La meteorología nos regala a veces capítulos que parecen extraídos de una novela de realismo mágico. Lo vivido el pasado fin de semana en el municipio de Moratalla es la prueba viviente de ello. Los días previos a la tormenta ya anunciaban que ‘Ingrid’ no sería una perturbación cualquiera; resultó ser un fenómeno capaz de devolver a la Región de Murcia esa imagen tan anhelada de alta montaña agreste.

Techos de El Sabinar alrededor del mediodía
Sábado de madrugada: el mundo se congela
El primer aviso fue el repentino desplome de las temperaturas. Es sábado, muy temprano de madrugada, cuando la lluvia, en torno a las tres de la mañana, se transforma silenciosamente en copos de nieve espesos y pesados. El suelo empapado se convierte rápidamente en una traicionera capa de hielo, lo que al amanecer hace que dar los primeros pasos al exterior sea una tarea arriesgada.
Un manto blanco de hasta veinte centímetros
La nieve que cayó esa noche no fue una precipitación tímida que se derretía al tocar la tierra. Fue una nevada decidida, densa y constante que se acumuló sin pausa sobre los tejados de las casas y los extensos campos que rodean el pueblo. Para cuando salió el sol, el espectáculo era total: un manto blanco inmaculado, que aquí y allá alcanzaba los veinte centímetros de espesor, cubría cada rincón de esta pedanía. Para mí, fue la señal para calzarme las botas de montaña y emprender una larga travesía por este paisaje silenciado.

El camino presentaba una acumulación de nieve considerable
El inicio de la ruta
Mi recorrido comienza en el mismo núcleo urbano de El Sabinar. Es una estampa icónica: el humo de las chimeneas asciende vertical en el aire gélido, dibujando estelas grises contra el fondo blanco puro. El cielo, normalmente de un azul radiante, estaba salpicado de nubes con carácter, mientras un sol acuoso se asomaba de vez en cuando para iluminar el relieve.
Al salir de casa, sobre las ocho de la mañana, la precaución es máxima. El suelo presenta una gruesa capa de hielo cubierta por una fina película de nieve polvo; es decir, extremadamente resbaladizo. Camino con cautela hacia las afueras del pueblo. En cuanto alcanzo el sendero de tierra, caminar se vuelve más sencillo; aquí no hay hielo, ya que el agua de lluvia se filtró directamente en el suelo arenoso.

Una de las sabinas centenarias a lo largo de la ruta
Donde desaparece cada eco
La sensación de silencio absoluto es lo primero que impacta al caminante. La nieve funciona como un aislante acústico natural; cada eco de la vida cotidiana parece haber sido absorbido. Solo el crujir rítmico de mis botas en el tapiz fresco rompe la calma. Es una experiencia casi hipnótica que me transporta a otra dimensión del tiempo.
Fuera del pueblo se hace evidente la verdadera fuerza que tuvo el viento. Lo que a primera vista parecía una capa uniforme, el viento fuerte lo fue barriendo y acumulando. Los senderos más profundos están completamente cubiertos de nieve acumulada, alcanzando en algunos puntos hasta los treinta centímetros. Por necesidad, me veo obligado a abandonar el camino con frecuencia y seguir mi ruta a través de los campos de labranza más elevados.

Fuertes ráfagas de viento esparcían la nieve por todas partes
Un contraste deslumbrante
Las vistas son sencillamente sobrecogedoras. El entorno de El Sabinar es conocido por sus amplios horizontes, pero la nieve añade una dimensión extra. En los troncos de los almendros se puede apreciar exactamente la dirección en la que el viento empujó la nieve a través del paisaje. Las caprichosas sabinas, los campos de lavanda y los terrenos abiertos parecen casi «pulidos» por el viento racheado, haciendo que sus formas resalten con nitidez contra el blanco.
Cuanto más asciendo, más fuerte es el contraste entre el cielo que se abre, en jirones de un azul intenso, y la pureza cegadora del suelo. La luz reflejada es tan potente que me obliga a entornar los ojos con frecuencia; un recordatorio imponente de la fuerza de la naturaleza en las tierras altas de Murcia.

Una magnífica vista panorámica del valle
La majestad de las sabinas milenarias
En los puntos más altos de la ruta, el paisaje revela su mayor tesoro: la sabina albar, el árbol que da nombre a esta tierra. Estos ejemplares, algunos con siglos de historia, emergen orgullosos del blanco. Sus formas retorcidas y su color verde oscuro, casi perenne, conforman un espectáculo maravilloso.
Ver una sabina en un paisaje nevado se siente como un encuentro entre dos eras geológicas. Su resistencia a los elementos es legendaria. Bajo el peso de la borrasca Ingrid, parecen guardianes ancestrales que observan nuestro paso con una indiferencia pétrea. La corteza rugosa y curtida contrasta fuertemente con la suavidad del hielo acumulado en sus acículas, creando un juego de texturas que cualquier artista disfrutaría.

Avanzando paso a paso sobre una densa alfombra de nieve
Recompensas panorámicas
El sendero se vuelve más exigente a medida que ganamos altura, pero el esfuerzo se ve recompensado con creces. A lo lejos domina el macizo de Revolcadores, envuelto en un decorado puramente invernal. La nieve aquí es seca y volátil; las rachas de viento crean pequeñas «ventiscas» danzantes a ras de suelo. En este punto queda claro por qué Moratalla es un destino de senderismo tan querido. El espectáculo visual de las montañas y las aldeas nevadas es, sencillamente, impresionante.

El macizo de Revolcadores, cerca del final de la ruta
Una crónica de la vida salvaje
Uno de los aspectos más fascinantes de esta caminata es el descubrimiento de la fauna local a través de sus rastros. Sobre la espesa capa de nieve, la vida silvestre escribe su propia crónica diaria. Cruzo huellas frescas de jabalíes que han bajado a los valles en busca de alimento, y veo los saltos erráticos de las liebres que parecen haber jugado en mitad del camino. La nieve sirve como un mapa detallado de sus movimientos.

Un campo de lavanda cubierto por una capa de nieve
Incluso en este frío glacial, la vida no se detiene; solo se ralentiza. El sonido de un pájaro sacudiendo sus alas para quitarse la nieve o el crujir de la misma bajo mi propio peso son las únicas rupturas en la paz absoluta. El aire que respiro es puro y está cargado con el aroma de la tierra fría y la resina. Es un momento de introspección: un recordatorio de que la belleza más pura suele ser la más efímera, un regalo temporal que el sol de la tarde pronto reclamará.

El corral cubierto de nieve, que marca el punto de retorno del itinerario
El regreso al calor
Tras varias horas deambulando por este paraíso invernal, alcanzo un viejo coral, punto en el que inicio el regreso al pueblo. Durante el descenso pasamos por los campos de lavanda, ahora ocultos bajo un suave edredón blanco. El pueblo vuelve a aparecer a la vista desde las alturas. Mientras el sol sigue ascendiendo lentamente, las sombras empiezan a alargarse y el blanco se tiñe aquí y allá de tonos rosados y púrpuras. El frío es intenso, pero la satisfacción de recorrer este paisaje en su momento de máximo esplendor compensa cualquier incomodidad.

El camino nevado durante el descenso
Al entrar de nuevo en las calles, el aroma de las estufas de leña me recibe como una manta cálida. El Sabinar no solo ofrece una naturaleza espectacular, sino que también es un refugio gastronómico. Pensar en un plato humeante de migas o en un guiso contundente tras caminar por la nieve de Ingrid es la motivación definitiva para los últimos metros. La hospitalidad de los lugareños, siempre dispuestos a compartir historias sobre los inviernos legendarios de antaño, pone el broche de oro a este día.

La última parte del descenso con El Sabinar al fondo
Una experiencia inolvidable
La borrasca Ingrid pasará a los archivos como una estadística de presión y milímetros de precipitación. Pero para quienes, como yo, recorrimos los senderos este fin de semana, será recordada como el aliento que devolvió la magia a Moratalla. El Sabinar ha demostrado, una vez más, que no necesita artificios para ser uno de los lugares más bellos de la región. Una capa de nieve y el silencio de las sabinas bastan para detener el tiempo.
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